II. CÓMO PERCIBIMOS EL CAMBIO DE LA OTRA PERSONA

1. ¿Se puede hablar del proceso de cambio como algo lineal y coherente?


Para poder responder a esta pregunta, primero debemos de entender que nuestra forma de acercarnos a la otra persona y nuestros intentos por entenderle siempre serán condicionados por unas referencias culturales y emocionales propias.

A partir de allí, existen varios ejemplos que ilustran la diferencia entre la imagen que construimos del otro y su realidad. Una diferencia que produce a veces un desfase que desestabiliza el o la trabajadora social.

En su artículo “Por un enfoque intercultural en la intervención social”[1], Margarit Cohen- Emerique nos habla de los cambios de actitud que desconciertan. Por ejemplo en el caso de chicas que eligen, al casarse, un modo de vida mucho más tradicional de lo esperado por los educadores y educadoras. La autora justifica el asombro de los y las profesionales por haberse basado en referencias propias, vinculadas a indicadores como la forma de vestirse o el discurso “aprendido” sobre la libertad y la igualdad hombre/mujer.

Estos ejemplos son reveladores de lo superficial que puede resultar de un cierto modo la “inclusión” considerada como la adopción de una serie de valores que entendemos como características de “nuestra sociedad”.

En este sentido, la autora insiste en tener un acercamiento a la transformación e inclusión del/ la migrante que no sea lineal y recomienda no aferrarse a una visión de inclusión “coherente y progresiva”. Por lo contrario, propone entender los procesos de inclusión como ciclos de etapas no necesariamente cronológicas que no se pueden desvincular de los contextos sociales y de los estatus y vivencias de los y las protagonistas de la interacción cultural.



[1] Cohen-Emerique, Margalit. (2013). “Por un enfoque intercultural en la intervención social”. Educación Social. Revista de Intervención Socioeducativa, 54, p. 11-38